El miedo de las empresas.
Es perder a la persona en la que confió, a la que formó, a la que vio crecer.
He vivido esa situación muchas veces.
Formas, enseñas, acompañas…
Y cuando esa persona ya domina su oficio, llega el momento en que decide marcharse.
Es fácil buscar culpables:
?? La empresa: “No hay compromiso”.
?? El trabajador: “No me valoran”.
Pero en la vida real no todo es blanco o negro.
La empresa invierte, arriesga y confía.
El trabajador aporta talento, esfuerzo y conocimiento.
Ambos ponen mucho sobre la mesa.
Yo, personalmente, siempre me he alegrado de que las personas que me rodean prosperen y mejoren.
Sea en mi empresa o en otras.
A veces he tenido que reconocer que no podía ofrecer más.
Y aun así, siempre he animado a que den el salto, aunque supiera que me dolería.
Porque sí, te alegras por ellos.
Pero también se queda un vacío, una parte de ti que se entristece.
De esas experiencias me quedo con algo importante:
El camino compartido nunca es en vano.
La huella que deja una persona en una empresa, y la huella que deja la empresa en una persona, permanece aunque los destinos cambien.
? Por eso, creo que la pregunta no es quién tiene la culpa cuando alguien se va.
La verdadera pregunta es:
¿Estamos haciendo todo lo posible para que, cuando llegue el momento de separarnos, ambos podamos mirar atrás con gratitud y orgullo?







